No hace tanto que volvía yo a mi casa un jueves por la noche, paseando por el bosque -bueno, vale, esperaba el metro en el andén, pero eso tiene menos gracia- cuando se me acercó un desconocido y me informó de que a) yo había tenido una gemela que no llegó a nacer y por eso escribo con la izquierda, porque soy la otra mitad -al parecer ser zurdo implica ser el complemento de algo y no existir por uno mismo-, b) soy muy inteligente -dudoso, si seguía hablando con él- y c) la vida son cuatro días y hay que aprovecharla. Nada de currar para el día de mañana, no sea que no llegue.
No seré yo quien reniegue de los placeres sencillos, siempre he sido más cigarra que hormiga. Sin embargo, puede que esa conversación trasnochada me hiciera apreciar más la magnífica mañana del sábado. Vale, cuando digo mañana digo la una de la tarde, pero fue cuando yo me levanté, no andemos con detalles sin importancia.
Lucía el sol en mi terraza, tanto que sacamos unas sillas y una mesa y unas tostadas y mermelada de arándanos en un frasco de cristal. De cristal eran las copas para el zumo en dos versiones, que bebimos en manga corta antes de acabarnos la tarta casera.
Había un cielo azul sobre nosotros y en el horizonte se veían las nubes en gris y en casi negro, lo bastante lejos para ser hermosas sin amenazar nuestro picnic de intemperie. Madrid se extendía a nuestros pies en la mañana -bueno, tarde- clara y el aire estaba limpio por las lluvias.
Claro que por muy estupendo que fuera el desayuno, no hay nada comparable a este lunes de trabajar no ya desde casa, sino desde la cama, en pijama y bata bajo edredón y manta. Hasta siendo hormiga puede uno estar contento.
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