A bolazo limpio

Hoy, pequeñuelos, vamos a hablar del paintball.

El paintball consiste en tirarse bolazos de pintura con los amigos y acabar amoratado, agotado y con un poco de suerte, conservando los amigos. Así contado no suena muy apetecible, pero es muy, pero que muy divertido.

Para jugar al paintball, lo primero que hay que hacer es ahorrar. Si naces rico no hace falta, pero vamos a suponer que no. Ahorras, por tanto, y te vas a un sitio perdido en mitad de la nada.

Una vez allí, te pones un chaleco anti bolas, mejor si es de camuflaje no porque se vaya a ver, sino porque mola más. La parte de arriba se te clava en la garganta y te ahogas. Descubres que te lo has puesto al revés. Te lo recolocas. Compruebas que, en cualquier caso, no está pensado para mujeres. Pero al menos no te ahogas. Después va el mono, la máscara y si tienes, los guantes. Mejor aún si son mitones. Ponerse algo en el cuello no es mala idea. Nunca se sabe si vas a acabar recibiendo un bolazo en la nuca, estilo ejecución.

Entonces llega lo más guay, porque te dan un rifle (me da igual que se llame marcadora, me lo han dado y lo llamaré como quiera). El rifle, como decía, lleva un cargador que llenas de bolitas de pintura de colores brillantes. Me encantan los colores brillantes. Como soy una floja, el rifle, aunque es guay, pesa tanto que apenas puedo levantarlo. Aquí haces un comentario impopular sobre los niños soldado y las armas más ligeras y cómo ese avance del mercado no ha llegado a las guerras de pintura. O mejor, no hagas el comentario. Ya digo que es impopular.

Una vez armado, te pones la máscara y te metes en el papel. Soy un vietkong arrastrándose de forma sigilosa entre los árboles, deslizándose sin llamar la atención hasta su víctima… ay. No, era más bien un pato en una caseta de tiro al blanco.

Visto el éxito, cambias de estrategia. Soy un bandido en una película del oeste, defendiéndome del sheriff y sus ayudantes y disparando desde detrás del saloon que hemos destrozado. Ay. Resulta que las balas del sheriff pueden pasar a través de la ventana. Puede que luego el sheriff asegure que disparaba a ciegas, pero a tí te duele igual.

Retomemos la actitud ofensiva, entonces. Hay que asegurar una posición avanzada. Se acabaron las tonterías, cárgate el fusil al hombro y lánzate de cabeza, inmersa en una nube de compañerismo y confiando en que tus colegas te cubren. ¡Objetivo alcanzado! En adelante, de todas formas, intenta recordar que “lanzarte de cabeza” no implica hacerlo literalmente contra esa tabla que había en medio. Aunque nadie puede decir que te pararas a llorar en lugar de seguir avanzando.

Envalentonada por el éxito -y por el marcador, confirmado al final, en el que las chicas ganan claramente a los caballeros-, intenta tomar la torre acercándote por el lateral y… ay. Ay. AY. ¡¡Me rindo me rindo me rindo!!

A veces el enemigo tarda un poquito en darse cuenta de que ya estás KO. Pero es sin maldad.

Ya un poco tocados, ya un poco cansados, ya llenos de manchas de colores -algunos más que otros, pero yo considero que los bolazos son una prueba de audacia y valentía, no de incompetencia-, llega el momento de lanzarse a por el rehén. Rehén que incidentalmente es una mochila vieja y que ni siquiera es nuestra, pero imaginemos que está llena de gatitos para meternos más en el papel. Hay que salvar a los gatitos imaginarios en esta situación imaginaria con bolas de pintura en lugar de balas. No, en serio, hay que imaginárselo.

Vale.  Salvar a los gatitos.  Elabora la estrategia. Respira hondo.  Fuego de supresión. Lánzate hacia delante, todo sea por los gatitos. ¡Zas, en toda la boca! De pronto, agradeces mucho más la máscara que tapa tus pinturas de guerra, aunque esas ranuras para respirar no logren ahorrarte el nuevo conocimiento de que la pintura, unsurprisingly, sabe asquerosa. ¿Los gatitos? Los gatitos se quedaron en territorio enemigo, tienes otras cosas de las que preocuparte como, por ejemplo, escupir pintura. Puaj.

Otra cosa importante es hacerse fotos. Seamos realistas, no vas a volver a tener pasta para repetir en una temporada, mejor tener un recuerdo. También el agua fresquita para beber, y la capacidad de no guardarles rencor a tus amigos cuando, meses después de la batalla y cuando las brutales agujetas no son más que un mal recuerdo, aún tengas la marca de un bolazo -o del moratón del bolazo- en un muslo. Carmilla, querida, menos mal que eres más malvada que yo y no me compensa vengarme.

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