Hay personas que cuando viajan en metro, esperan a que hierva el agua de los espaguetis o suben en ascensor, piensan en cómo mejorar el mundo.
Me temo que yo no soy una de esas personas, y no sólo porque no tengo ascensor. Yo soy más de pensar en tonterías de calibre gigantesco. Por ejemplo, ¿cuál es el objeto que más se pierde?
De primeras, pensé en los imperdibles. El que les puso nombre debió pensar que se iban a volver más fáciles de encontrar, pero es como lavar el coche para que llueva. Sencillamente,
no funciona así.
Otro clásico son los calcetines, que se pierden siempre en solitario. El sacapuntas, sin duda el rey en la categoría de artículos de papelería, por encima incluso de clips y minas de portaminas.
Típicas cosas que se pierden son ese cuaderno en el que apuntaste no sé qué, la llave de aquel candado y todo aquello que guardaras bien “para no perderlo”.
Mención honorífica merecen los paraguas, probablemente el objeto más abandonado en el transporte público, acompañados de guantes -como los calcetines, perdidos por separado- y en menor medida, las bufandas.
Pierdo las gafas cada vez que me las quito y las dejo en un sitio que no es el de siempre (y por eso los miopes siempre deberían tener gafas de colores chillones) y en realidad, hay pocas cosas que no formen parte de mi persona y no haya perdido una o quinientas veces.
Sin embargo, y después de darle muchas vueltas, creo que el premio gordo a nivel cuantitativo, es decir, mi montaña más grande en departamento de objetos perdidos del mundo, no es de cajas de cedés ni de lápices, ni de tuercas de pendientes. Ni siquiera de dinero. Está hecha de horquillas. Malditas.
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