Placeres sencillos

No hace tanto que volvía yo a mi casa un jueves por la noche, paseando por el bosque -bueno, vale, esperaba el metro en el andén, pero eso tiene menos gracia- cuando se me acercó un desconocido y me informó de que a) yo había tenido una gemela que no llegó a nacer y por eso escribo con la izquierda, porque soy la otra mitad -al parecer ser zurdo implica ser el complemento de algo y no existir por uno mismo-, b) soy muy inteligente -dudoso, si seguía hablando con él- y c) la vida son cuatro días y hay que aprovecharla. Nada de currar para el día de mañana, no sea que no llegue.

No seré yo quien reniegue de los placeres sencillos, siempre he sido más cigarra que hormiga. Sin embargo, puede que esa conversación trasnochada me hiciera apreciar más la magnífica mañana del sábado. Vale, cuando digo mañana digo la una de la tarde, pero fue cuando yo me levanté, no andemos con detalles sin importancia.

Lucía el sol en mi terraza, tanto que sacamos unas sillas y una mesa y unas tostadas y mermelada de arándanos en un frasco de cristal. De cristal eran las copas para el zumo en dos versiones, que bebimos en manga corta antes de acabarnos la tarta casera.

Había un cielo azul sobre nosotros y en el horizonte se veían las nubes en gris y en casi negro, lo bastante lejos para ser hermosas sin amenazar nuestro picnic de intemperie. Madrid se extendía a nuestros pies en la mañana -bueno, tarde- clara y el aire estaba limpio por las lluvias.

Claro que por muy estupendo que fuera el desayuno, no hay nada comparable a este lunes de trabajar no ya desde casa, sino desde la cama, en pijama y bata bajo edredón y manta. Hasta siendo hormiga puede uno estar contento.

Furia siniestra

El zurdo medio está acostumbrado a que en el mundo, todo esté a derechas. Uno se resigna a utilizar el ratón con la derecha, ni pestañea cuando el dibujo de la taza siempre queda para el otro lado, y apenas registra el hecho de que el cambio de marchas se hace con la mano mala.

Pero (siempre hay un pero) hay detallitos, cositas sin importancia, que a estas alturas de la película me siguen sacando un poquito de quicio todas y cada una de las veces.

¿Cuáles son esas putaditas del imperio diestro? El metro. El lado en el que está la máquina de meter el billete, concretamente, mientras maniobras bolso, guantes, monedero, cascos -con su cable- y bufanda. Puntos extra si llueve y manejas paraguas. El metro de Barcelona, con su ahora-a-la-izquierda-ahora-a-la-derecha, sólo consiguió confundirme además de fastidiarme.

Siguiente faena para la mano zurda: Botones. No los de la ropa, no.  Los botones anti-zurdos son los de las cosas electrónicas. Véase mi nuevo tesoro, el lector electrónico. O para más inri, el de la cámara. Ya tengo poco pulso, ya desenfoco las fotos al darle al botoncito, como para que encima me lo pongan siempre al otro lado. Un circo, soy yo haciendo fotos.

Y así llegamos al último contratiempo lateral. Es un problema nuevo para mí, porque implica el uso de un accesorio de vestir que yo antes ni utilizaba, ni quería, ni tenía. Y ahora que me resigno, no tengo ni idea de cómo utilizarlo.

¿Se puede saber a qué lado se supone que va la hebilla del cinturón?

Objetos perdidos

Hay personas que cuando viajan en metro, esperan a que hierva el agua de los espaguetis o suben en ascensor, piensan en cómo mejorar el mundo.

Me temo que yo no soy una de esas personas, y no sólo porque no tengo ascensor. Yo soy más de pensar en tonterías de calibre gigantesco. Por ejemplo, ¿cuál es el objeto que más se pierde?

De primeras, pensé en los imperdibles. El que les puso nombre debió pensar que se iban a volver más fáciles de encontrar, pero es como lavar el coche para que llueva.  Sencillamente,
no funciona así.

Otro clásico son los calcetines, que se pierden siempre en solitario. El sacapuntas, sin duda el rey en la categoría de artículos de papelería, por encima incluso de clips y minas de portaminas.

Típicas cosas que se pierden son ese cuaderno en el que apuntaste no sé qué, la llave de aquel candado y todo aquello que guardaras bien “para no perderlo”.

Mención honorífica merecen los paraguas, probablemente el objeto más abandonado en el transporte público, acompañados de guantes -como los calcetines, perdidos por separado- y en menor medida, las bufandas.

Pierdo las gafas cada vez que me las quito y las dejo en un sitio que no es el de siempre (y por eso los miopes siempre deberían tener gafas de colores chillones) y en realidad, hay pocas cosas que no formen parte de mi persona y no haya perdido una o quinientas veces.

Sin embargo, y después de darle muchas vueltas, creo que el premio gordo a nivel cuantitativo, es decir, mi montaña más grande en departamento de objetos perdidos del mundo, no es de cajas de cedés ni de lápices, ni de tuercas de pendientes. Ni siquiera de dinero. Está hecha de horquillas. Malditas.

Etimología

Llevo tanto tiempo manteniendo la calma que no sólo se me había olvidado por qué me llaman Crispa (la crispa cuando se crispa produce la crispación), sino que estaba orgullosísima de mi capacidad de autocontrol.

Y ahora resulta que ni autocontrol ni leches, si mantenía la calma era porque nunca me pasaba nada.

Cachis.

Is it already morning?

Sometimes I find myself writing in English. And that makes no sense whatsoever, not only because I’m probably making a mistake per sentence –me, the grammar freak!-, but because that’s not the language I’m supposed to be thinking in.

Most of the times, though, it just happens when something is too much for me. Saying things in another language is way easier, because the words don’t seem so real, so near. And I’m a coward.

I’m such a coward that lately, every strong emotion (agh, feelings) get translated in my automatic brain so I can face them, in a more tame and foreign version. The main one is fear, because – I think- there is no stronger emotion than fear.

So let’s talk about fears. I’m afraid, I’ve said it before here- of going nuts, crazy, out of my mind, way beyond the crazy old cat lady I plan. I’m afraid of discovering one day that my writing is better when I’m drunk, not because I’ve tried, but because what other reason could explain all those alcoholic writers? I’m very afraid of that L world that comes surrounded with a hell of a lot of feelings.

I fear fences more than anything in this world and I’d defend my freedom above anything else, even if it comes with an L at the beginning.

I’m not afraid of death, but that’s probably because of my youth. I’m afraid of losing my friends and disappointing my people terrifies me. I’m afraid of heights, slugs, snails and frogs.

Huge smiles creep me out, as well as people who sound like a mainstream-thinking-machine with empty eyes and perfect words.

And I hate –someday I’ll speak about hates- when a blogpost gets too long.