Por las noches refresca

Después de un día de calor horroroso, empezó a refrescar, y yo decidí enfrentarme al calor de la vitrocerámica y el agua hirviendo.

Mientras se hacía la salsa, oí a la vecina del cuarto derecha (la que abre la puerta para asomarse sin que la veamos cada vez que subimos o bajamos) regañando a alguien en chino.

Una ráfaga de viento agitó la ropa tendida, y decidí recogerla al día siguiente porque una cosa es asomarse al vacío, y otra muy distinta asomarse al vacío en medio de un vendaval.

Cuando me siento a cenar en la mesa de mi cocina, miro mi casa a través de la copa de agua fresca.

No sé qué hora es, un perro ladra a lo lejos, y la reproducción aleatoria pone Autumn Leaves, Miles Davis y John Coltrane en lo más parecido que tengo a una canción favorita.

Internéeeeeee

Por fin, pequeñuelos, mi castillo tiene palomas mensajeras. Mi puesto de avanzada tiene un sistema de telégrafos. Mi refugio de ciudad tiene radio. Mi casa tiene Internet. Y línea fija, claro, pero aún no hemos comprado un teléfono.

Entre eso, los muebles montados, la  cocina con algo de comida (y una asombrosa cantidad de salsas, té y especias), la maraña de cables y los libros, este sitio empieza a parecer un hogar.

Ya no soy la reina de un país de cajas, pero la bata regia se aplica igual a esta comarca literaria en lo alto de la torre.

Aislada pero contenta

Tanto silencio no se debe a que esté debajo de un puente, ni en una nave espacial, ni en una peregrinación por el fondo del mar.

En realidad, me he mudado con éxito a un ático precioso, luminoso, amplio y que no tiene ni tele, ni radio ni teléfono ni -horror- Internet. Asín que estoy gorroneando conexión en casa de unos amigos, para dar señales de vida y anunciar la próxima Gran Inauguración.

De momento tenemos un sofá, dos estanterías, una lámpara, un salón recién pintado, dos camas (nos ha costado lo suyo) y una cocina genial. A todo el mundo le enseñamos la cocina porque es lo único que está terminado. Por algún motivo, los escasos visitantes no comparten nuestro entusiasmo.

Y ahora, pequeñuelos, me voy a mirar ofertas de malvadas operadoras de Internet, antes de que dracne y yo caigamos en convulsiones por síndrome de abstinencia.

Seguiremos informando.

Cajas

Si tuviera que definir estos días con una palabra, esa palabra sería: cajas.

Busco cajas allá donde voy, con el afán y el ojo entrecerrado del cazador avezado. Un botín de cartones doblados y sin manchar en un contenedor es un hallazgo sólo comparable a la captura de un mamut blanco.

Una vez las llevo a casa (embutiéndolas en el maletero o paseándolas en transporte público), llega el momento de la verdad. O más bien, de las verdades, que son:

a) Tengo muchas más cosas de las que pensaba que tenía
b) Soy mucho más floja de lo que me gustaría pensar. Por lo tanto, las cajas deben ir mucho más ligeras de lo que me gustaría llenarlas.
c) Mis libros se reproducen cuando les doy la espalda. Eso, o mi estantería es mágica y no se vacía jamás.
d) En cuanto cierre una caja con cinta de embalaje, necesitaré lo que está en el fondo. Las que siguen abiertas “por si acaso” están llenas de cosas que jamás utilizaré.

A esto se suma el hecho de que las cajas van dominando el espacio libre de mi antigua habitación, y es posible que me devoren antes de que pueda llevalas a mi nueva casa.

Lo peor de todo es que cuando por fin las termine, tendré que subirlas cinco pisos sin ascensor.

Preparativos

Si antes, el concepto que yo tenía de “tesoro” en un contenedor eran un montón de libros, ahora son un buen montón de cajas vacías y en buen estado.

He cambiado la pluma por el rotulador permanente (aunque, debo decir, el dseñor de la papelería y yo no entendemos lo mismo por “el más gordo que tengas”), y las pulseras que siempre olvido por un rollo de cinta de embalaje.

Sin olvidar de las obligadas listas de cosas que comprar, cosas que comprobar,cosas que pedir, cosas que llevar y cosas que birlar.

Éste es el último abono B3 que voy a comprar.